Una reunión virtual convocada por el municipio bajo el nombre “Tigre opina” terminó siendo una catarsis colectiva. Cientos de vecinos de Benavídez, Tigre Centro, General Pacheco y Don Torcuato usaron el espacio para expresar un rechazo contundente al proyecto de ordenanza que el Ejecutivo municipal presentó como una medida de “ordenamiento sustentable”. Lo que el municipio describió como una regulación de alturas, los vecinos lo leyeron distinto: una habilitación encubierta para que las torres sigan creciendo en un partido que, dicen, ya no da más.
La letra chica que nadie quiere leer
El proyecto fija alturas máximas para distintas zonas del partido, pero incluye un capítulo de “compensaciones” que permite a las desarrolladoras superar esos límites a cambio de medidas de sustentabilidad, como paneles solares o sistemas de recolección de agua, o por ceder espacios en las costas. En términos concretos: lo que por un lado dice “hasta acá”, por el otro abre una puerta lateral.
Roberto Goldsmith, de la ONG Comunidad Verde, fue directo al señalar el mecanismo: “Esta ordenanza es directamente una trampa. Establece alturas máximas, pero crea atajos para sortearlas. Es inadmisible que se use el camino de Sirga como moneda de cambio”. El vecino aqui se está refiriendo al camino o calle que deben dejar los propietarios ribereños a ríos o canales para uso público, con fines de navegación, a lo largo de la orilla de un río, lago o canal, sin recibir a cambio ninguna indemnización.

La arquitecta y vecina Sabrina González planteó la pregunta que pocos en el municipio parecen querer responder: “¿Para qué una vivienda, que es el uso dominante del barrio, necesita tantos pisos? ¿O es una forma de darle validez al uso de edificios y departamentos?”.
El territorio habla por sí solo
No hace falta un estudio técnico para ver lo que los vecinos describen. Las cloacas desbordan, las redes de agua no alcanzan, el tránsito colapsa cada vez que entra una grúa a un barrio de calles angostas. Gonzalo Clará lo resumió con precisión: “Las cloacas no soportan edificios, señores. Los notificamos de eso uno por uno para decirles que las plantas no van para edificios”.
La Subsecretaria de Planeamiento Urbano, Florencia Finauri, explicó durante la reunión que el proyecto exige a los desarrolladores presentar factibilidades de servicios antes de cualquier aprobación. Pero esa garantía no convenció a nadie. Gloria Guevara, arquitecta y vecina de Don Torcuato, lo cuestionó de frente: “Es una mentira que se hayan hecho las cloacas y las redes de agua en Don Torcuato”.
La Bota: el último verde que queda
Uno de los barrios que concentró más reclamos fue La Bota, en Benavídez. Sus vecinos llevan tiempo organizados bajo el lema “Cuidemos La Bota” y ya presentaron formalmente un pedido para que la zona sea declarada Barrio Parque. Hoy está catalogada como R1A, residencial semiurbanizada con uso dominante unifamiliar, y sus residentes exigen que así se mantenga. Ya que hay una fuerte presión inmobiliaria para empezar a edificar torres en el Camino de La Bota.

Verónica Iglesias habló en nombre de muchos cuando dijo: “La Bota no es un vacío urbano para redefinir según la lógica del mercado. No se puede poner el negocio de los metros cuadrados por encima del ambiente, de los servicios, de la infraestructura y de la vida cotidiana de cientos de vecinos”.
La paradoja que señaló Sofía Inés Putz, vecina, define mejor que cualquier análisis lo que está en juego: “Paradójicamente las desarrolladoras invitan a los compradores a vivir en la naturaleza pero la terminan destruyendo”.
El Tigre que ya no está
Hay algo más allá de las cloacas y los metros cuadrados que los vecinos intentan poner en palabras que es la pérdida de algo que no se recupera. Inés Williams, de Tigre Centro, lo dijo con una melancolía que no pasa desapercibida: “Tenemos torres tipo Miami, con sus palmeras, con sus luces prendidas todo el día, y lo que era Tigre, la historia de Tigre, ya no está en ninguna parte”.
Daniel Groso, vecino de Pacheco, fue cuidadoso en aclarar la posición de los vecinos: “No estamos en contra de progresar, siempre y cuando no atente contra la vida de nuestro espacio. Este Tigre que plantea este proyecto de ordenanza es para los próximos dos o tres años en beneficio de los desarrolladores”.
Ordenar antes de crecer
Ayelén Gómez, técnica en Gestión Ambiental, ofreció quizás la síntesis más clara de lo que el vecindario está pidiendo: “No decimos no al desarrollo, decimos no avanzar a ciegas. Primero entendamos el territorio, segundo ordenemos lo existente y recién después discutamos cómo y cuánto crecer”.
La reunión virtual, además, fue cuestionada en su propia legitimidad. Varios participantes señalaron que este formato no reemplaza una Audiencia Pública formal, y denunciaron dificultades técnicas y falta de transparencia en el proceso de inscripción. El municipio escuchó. Si escuchó de verdad, es otra pregunta.
